Hace unos meses recibí un mensaje de Miguel, educador social en intervención penitenciaria de Bidesari en las cárceles de Basauri y Nanclares y crack como persona, se mire por donde se mire.
“Oye Javi”, me decía, “en Navidad tengo pensando montar un partido de futbito en Basauri entre internos y gente de fuera, ¿tú te animarías?”
Creo que tardé bastante poco en responderle que claro, que yo encantado y que gracias por acordarse de mí. “¡Menuda experiencia!”, pensé también y al rato traté de visualizar como podría ser ese partido y la entrada en un lugar que para mí seguía siendo un misterio a pesar de contar con bastantes referencias de gente que trabajaba o había pasado por allí. No tuve mucho más tiempo para pensar en el partido ya que enseguida llegó la semana en la que tocaba jugarlo y como no, también llegaron los mensajes y videos motivadores de Miguel a todo el equipo, mensajes que se convirtieron en palabras de ánimo ya camino de prisión en la furgoneta de Bidesari.
-Bueno- nos explicó Miguel cuando nos estábamos cambiando en un edificio anexo al penal- ahora voy a ir a la entrada con vuestros dni-s para que me den los permisos de acceso. No creo que haya ningún problema porque hace unos días llegaron las autorizaciones desde el ministerio.
“Normalmente el problema suele ser salir de la cárcel, ¿no?” pensé yo sin querer comentarlo en alto por no romper el silencio y la concentración que había entre nosotros en ese punto en el que Miguel nos explicaba los pasos que íbamos a dar para llegar hasta el interior de la prisión.
Al final, efectivamente, no fue tan difícil entrar. Me sorprendió la cantidad de portones que tuvimos que atravesar, hasta siete, y lo que mejor recuerdo es la mirada de los internos a través del cristal del último control. Una mirada mezcla de curiosidad, sorpresa y cierto recelo hacia siete tíos que por lo que parecía, esa mañana no tenían nada mejor que hacer salvo jugar un partido en la cárcel.
Tras pasar el último acceso, tuvimos que recorrer un pasillo antes de llegar al patio y ya en él pudimos liberarnos por fin de la tensión calentando. Otra cosa que hizo sentirme algo más cómodo fue pensar que el patio, salvo por las ventanas tapadas con rejas, no era muy diferente al de mi antiguo colegio.
Los presos que tenían que jugar contra nosotros tardaron en aparecer pero finalmente lo hicieron y eran tantos que acabamos organizando un triangular en el que a nosotros nos tocaba jugar los dos primeros partidos dejando para el final un partido entre los dos equipos de la cárcel.
De los partidos que nos tocó jugar no hay mucho que decir. Como era de esperar nos ganaron los dos, eso sí, con ciertas dosis de emoción.
En el primero, después de ir perdiendo todo el tiempo, llegamos a empatar a falta de un par de minutos. Nada más meter gol, miré la cara de los jugadores del otro equipo, vi su frustración y pensé que no me importaría nada si se volvían a poner por delante y para alegría de todo el penal, lo acabaron haciendo. A mí se me escapó una sonrisa, la verdad. Bueno, en realidad creo que a todos, hasta Miguel se rió.
En el segundo partido pues ocurrió algo parecido, que nos ganaron.
El último partido entre los equipos de la cárcel fue el más emocionante y mientras se jugaba pude observar las actitudes y los comportamientos de los jugadores y de los internos que en un buen número habían bajado a mirar. Una cosa que me llamó la atención fue la rapidez con la que se cortaba cualquier insulto o enfadado. Es más, si el árbitro, otro interno de la cárcel de dos por dos, detectaba una mala contestación o un mal gesto hacia él o hacia cualquier otro jugador, lo frenaba rápidamente advirtiendo o expulsando al responsable. Luego también y como en cualquier partido hubo grandes jugadas, fallos y mucha alegría cuando por fin se marcó el último gol que puso punto final al triangular.
Nos dimos la mano y a diferencia de otros partidos en vez de recibir el típico “bien jugado” o “hasta la próxima” escuché un montón de veces la palabra gracias, “gracias por venir”, “gracias por habernos alegrado el día” , “gracias por jugar”…el último gracias antes de cruzar la puerta de salida lo recibimos del cura de la prisión.
-Muchas gracias – nos dijo- les habéis dado una buena alegría, muchos me han preguntado que cómo están las cosas fuera y para que pregunten eso…una buena acción habéis hecho.
Nos despedimos de él con otro apretón de manos y ya de nuevo en la furgoneta que nos llevó a casa, fuimos repasando jugadas y comentando que el año que viene había que entrenar más para ganar algún partido. Eso era lo que nos decíamos en voz alta, aunque en realidad estoy seguro de que en el fondo, lo que en realidad íbamos pensando era que de tener que volver a jugar, lo de menos sería el resultado.

