Primero de Mayo

 

Hoy es primero de mayo, día de fiesta, la fiesta del trabajo y hoy, por ser martes me toca también pasar la noche en el piso de acogida.

Quizá por juntarse esta fiesta con mi voluntariado, me ha dado por pensar en los chicos del piso y en lo difícil que lo tienen a la hora de poder incorporarse al mercado laboral.  Si ya es difícil, muy difícil de por sí la situación para gente muy preparada,  la posibilidad de encontrar un trabajo para una persona recién salida de la cárcel, en algunos casos inmigrante y en muchos casos ex-toxicómana, es poco menos que remota.

Por lo que leemos en los periódicos o vemos por la tele, yo creo que todos nos podemos hacer una idea de la gravedad del problema, sin embargo me gustaría escribir sobre las dificultades añadidas con las que se encuentran personas que, habiendo saldado su deuda con la sociedad tras pasar por la carcel, quieren dar un giro a su vida.

Para mí, uno de los mayores problemas es cómo justificar esos años en blanco que aparecen en un curriculum. Cómo explicar dónde has estado esos tres o cinco años no justificados.  Se podría ir con la verdad por delante y decir, “estuve en la cárcel de Nanclares y durante esos años me formé haciendo cursos de electricista, albañilería o pintura” . Eso podrían decir, reafirmarse en su nuevo proyecto de vida yendo de cara, sin embargo, ¿el jefe de recursos humanos que les tuviera que contratar apostaría por ese cambio?

El otro problema que veo es la situación personal de estas personas: procedencia, formación, dependencias…y es que puede que para los chicos llegue un día en el que tengan suerte y encuentren trabajo, pero luego, lo que toca es mantenerlo y eso también es complicado, muy complicado y requiere de un profundo trabajo personal en el que hayan trabajado muy a fondo la responsabilidad. Por poner un ejemplo, algo tan sencillo o tan complicado para mí, como levantarme a una hora determinada para ir a trabajar, no dormirme, puede resultar un mundo para personas a las que nunca se les ha exigido el cumplimiento de unos horarios.

Todo esto he pensado hoy al ver las manifestaciones del uno de mayo sumando, a la impotencia de no ver una solución al problema que estamos viviendo, mi recuerdo y preocupación por los chicos.

“Es difícil, muy difícil ” he vuelto a pensar, “pero no imposible” me he dicho. Y al rato he recordado a varios chicos que habiendo pasado por el piso, ya están trabajando. Así que habrá que quedarse con eso y tratar de apoyar y transmitir optimismo. Es lo que toca.

DIFICULTADES

 

En un voluntariado también hay dificultades y hoy toca escribir sobre ellas.

No hace mucho que empecé con mi voluntariado, va a hacer un año, y todos los días que tocaba Bidesari, me acercaba hasta el piso o al lugar donde tocara la salida propuesta por los chicos con mucha ilusión. Hasta hace unos meses…

Hace unos tres meses descubrí que por primera vez no me apetecía ir al piso. Fue un martes, como siempre un martes, con la diferencia de que aquel martes había sido el típico día en el que todo sale al revés: la mañana se torció en el momento en el que me di cuenta de que había salido de casa sin recoger la bolsa con la ropa para el piso, más tarde, al llegar al trabajo recibí unas cuantas malas noticias de esas que hacen que desees que se acabe el día cuanto antes y para rematarlo, justo antes de subir al piso, tuve una discusión con mi padre que no pude terminar de arreglar porque sabía que me estaban esperando para la cena.

Esas malas sensaciones como las de aquel día, normalmente se me hubieran olvidado nada más pisar la entrada y saludar al educador  y hubieran terminado por desaparecer al escuchar los problemas reales tratados en las conversaciones de la cena.  Pero esta vez, el ambiente del piso no me ayudaba, más bien todo lo contrario. Los seis chicos que habían ocupado el piso en verano y con los que había compartido grandes momentos ya no estaban, y en su lugar habían entrado solo dos personas que no venían de los grupos de responsabilización de Bidesari, por lo que su adaptación al piso estaba costando más de lo habitual.

Por primera vez sentía que no aportaba nada a la vida del piso, sentía que se trataba de un trámite ir allí y me daba cuenta de que en la cena o el desayuno no me apetecía hablar o lo que es peor, estar allí con gente a la que apenas conocía y que además pensaba que no se estaba tomando muy en serio su tratamiento.

A pesar de todos esos sentimientos ni se me pasó por la cabeza dejar el voluntariado cuando ya en la cama, antes de dormir, empecé a pensar en esa noche y en otras muchas noches que había vivido en aquel piso. Pensé que estaba pasando por un mal momento  y que antes o después se terminaría, así que al martes siguiente volví, y al siguiente y al siguiente, y así varios martes sin grandes variaciones hasta que hace cosa de un mes la vida del piso y mi motivación por el voluntariado empezó a reavivarse con la entrada de nuevos chicos.

Había vuelto el buen ambiente y también nuevas enseñanzas gracias a comentarios como el que hizo Pablo el otro día. Cuando le tocó a Pablo el turno en la ronda que hacemos después de cenar para saber cómo le ha ido a cada uno el día, dijo que su día a día estaba siendo mejor gracias a una herramienta, según él para niños, que le habían dado los educadores: nos dijo que cuando un problema se le metía en la cabeza, y le empezaba a dar vueltas y más vueltas tenía que visualizar una señal de stop y salir de ese bucle.

Yo pensé, “¡qué buena!, esa herramienta no me vendría nada mal a mi” y después empecé a darme cuenta de que otra vez volvía a sentirme bastante bien alrededor de esa mesa.

 

Un partido en la cárcel.

 

Hace unos meses recibí un mensaje de Miguel, educador social en intervención penitenciaria de Bidesari en las cárceles de Basauri y Nanclares y crack como persona, se mire por donde se mire.

“Oye Javi”,  me decía, “en Navidad tengo pensando montar un partido de futbito en Basauri entre internos y gente de fuera,  ¿tú te animarías?”

Creo que tardé bastante poco en responderle que claro, que yo encantado y que gracias por acordarse de mí. “¡Menuda experiencia!”, pensé también y al rato traté de visualizar como podría ser ese partido y la entrada en un lugar que para mí seguía siendo un misterio a pesar de contar con bastantes referencias de gente que trabajaba o había pasado por allí. No tuve mucho más tiempo para pensar en el partido ya que enseguida llegó la semana en la que tocaba jugarlo y como no, también llegaron los mensajes y videos motivadores de Miguel a todo el equipo, mensajes que se convirtieron en palabras de ánimo ya camino de prisión en la furgoneta de Bidesari.

-Bueno- nos explicó Miguel cuando nos estábamos cambiando en un edificio anexo al penal- ahora voy a ir a la entrada con vuestros dni-s para que me den los permisos de acceso. No creo que haya ningún problema porque hace unos días llegaron las autorizaciones desde el ministerio.

“Normalmente el problema suele ser salir de la cárcel, ¿no?” pensé yo sin querer comentarlo en alto por no romper el silencio y la concentración que había entre nosotros en ese punto en el que Miguel nos explicaba los pasos que íbamos a dar para llegar hasta el interior de la prisión.

Al final, efectivamente, no fue tan difícil entrar. Me sorprendió la cantidad de portones que tuvimos que atravesar, hasta siete, y lo que  mejor recuerdo es la mirada de los internos a través del cristal del último control. Una mirada mezcla de curiosidad, sorpresa y cierto recelo hacia siete tíos que por lo que parecía, esa mañana no tenían nada mejor que hacer salvo jugar un partido en la cárcel.

Tras pasar el último acceso, tuvimos que recorrer un pasillo antes de llegar al patio y ya en él pudimos liberarnos por fin de la tensión calentando. Otra cosa que hizo sentirme algo más cómodo fue pensar que el patio, salvo por las ventanas tapadas con rejas, no era muy diferente al de mi antiguo colegio.

Los presos que tenían que jugar contra nosotros tardaron en aparecer pero finalmente lo hicieron  y eran tantos que acabamos organizando un triangular en el que a nosotros nos tocaba jugar los dos primeros partidos dejando para el final un partido entre los dos equipos de la cárcel.

De los partidos que nos tocó jugar no hay mucho que decir. Como era de esperar nos ganaron los dos, eso sí, con ciertas dosis de emoción.

En el primero, después de ir perdiendo todo el tiempo, llegamos a empatar a falta de un par de minutos.  Nada más meter gol, miré la cara de los jugadores del otro equipo, vi su frustración y pensé que no me importaría nada si se volvían a poner por delante y para alegría de todo el penal, lo acabaron haciendo. A mí se me escapó una sonrisa, la verdad. Bueno, en realidad creo que a todos, hasta Miguel se rió.

En el segundo partido pues ocurrió algo parecido, que nos ganaron.

El último partido entre los equipos de la cárcel fue el más emocionante y mientras se jugaba pude observar las actitudes y los comportamientos de los jugadores y de los internos que en un buen número habían bajado a mirar. Una cosa que me llamó la atención fue la rapidez con la que se cortaba cualquier insulto o enfadado. Es más, si el árbitro, otro interno de la cárcel de dos por dos, detectaba una mala contestación o un mal gesto hacia él o hacia cualquier otro jugador, lo frenaba rápidamente advirtiendo o expulsando al responsable. Luego también y como en cualquier partido hubo grandes jugadas, fallos y mucha alegría cuando por fin se marcó el último gol que puso punto final al triangular.

Nos dimos la mano y a diferencia de otros partidos en vez de recibir el típico “bien jugado” o “hasta la próxima” escuché un montón de veces la palabra gracias, “gracias por venir”, “gracias por habernos alegrado el día” , “gracias por jugar”…el último gracias antes de cruzar la puerta de salida lo recibimos del cura de la prisión.

-Muchas gracias – nos dijo- les habéis dado una buena alegría, muchos me han preguntado que cómo están las cosas fuera y para que pregunten eso…una buena acción habéis hecho.

Nos despedimos de él con otro apretón de manos y ya de nuevo en la furgoneta que nos llevó a casa, fuimos repasando jugadas y comentando que el año que viene había que entrenar más para ganar algún partido. Eso era lo que nos decíamos en voz alta, aunque en realidad estoy seguro de que en el fondo, lo que en realidad íbamos pensando era que de tener que volver a jugar, lo de menos sería el resultado.

Un paseo al aire LIBRE.


En mayo del año pasado entró en el piso de acogida Nico, un chico del que muchas veces me acuerdo y que pongo de ejemplo cuando me toca explicar lo difícil que puede llegar a ser  salir de una situación de drogas y cárcel si no cuentas con la ayuda y las herramientas adecuadas para hacerlo.

El día que me presentaron a Nico se mostró tímido, agachando la cabeza y sin sonreír. Estaba sólo en su habitación y le encontré nervioso, intentando habituarse a un espacio diferente al de la celda en la que había estado viviendo durante más de cinco años. En la cena de ese día estuvo algo ausente, y ante un par de comentarios que le hicieron se mostró muy a la defensiva. Después, cuando nos fuimos a despedir, le dije que nos veríamos el sábado pues ese fin de semana yo lo tenía libre, venía buen tiempo y dar un paseo por la playa después de meses de lluvia era un plan de lo más apetecible.

Llegó el sábado y quedé con Jon, el educador al que le tocaba hacer ese fin de semana, en la salida de metro de Las Arenas. La temperatura era buenísima, así que en manga corta  y con una lata de coca-cola en la mano me senté en un banco y me dediqué a observar a la gente que iba saliendo del metro. Con muy pocos minutos de retraso aparecieron los del piso: primero salió Jon y después fueron saliendo todos los chicos. Nico estaba entre ellos, eso sí, el último y mirando al suelo apenas me dijo hola al darme la mano. Cuando empezamos a caminar para dirigirnos al paseo marítimo Nico se colocó a mi lado y casi sin decirle o preguntarle nada, empezó a quejarse.

- No me gusta nada cómo se funciona en el piso, he propuesto tres o cuatro planes diferentes y no han querido hacer ninguno,  para el caso que se me ha hecho no vuelvo a proponer nada. Ayer, para escoger la peli de vídeo, pasó lo mismo. A mí me gustaban tres o cuatro diferentes y al final nos llevamos una porquería, nada que ver con las que yo había elegido. Fíjate si era mala que todos se fueron a dormir antes de que terminara, todos menos yo, que aguanté hasta el final. No me parecía bien irme antes, si te gastas el dinero en alquilar una película tendrás que verla. Por eso me quedé, me parecía una falta de respeto irse a la cama sin ver el final.

-Bueno- le respondí yo- nadie está obligado a ver la peli si tiene ganas de dormir, ¿no?

-No lo sé, a mí me pareció una falta de todo, y hoy lo mismo, vengo porque no me queda otro remedio. Yo quería ir al monte o correr, hacer algo de ejercicio, entresemana ya paseamos bastante y no hacemos nada de deporte.

Llegado a este punto de la conversación ya estábamos frente a El Abra, el cielo estaba azul, apenas había ruido y la brisa soplaba y te envolvía como solo lo hace en los primeros días de mayo.

-Pero vamos a ver Nico, mira al frente, mira el mar. ¿No crees que merece la pena dejar de pensar que todo el piso está en tu contra y disfrutar de este momento?

Miró al frente, y tras permanecer unos segundos en silencio, volvió de nuevo sobre el tema de que él quería haber ido a correr y no paró hasta la comida, cuando al terminar uno de los bocatas de tortilla más ricos que nos habremos comido en nuestra vida, reconoció por fin que lo estaba pasando bien.

-¿No ves?- le dijo Hassan- te dije que lo ibas a pasar bien.

Nunca he conocido a nadie con una imagen tan negativa de la vida y con una desconfianza en los demás como la que tenía Nico en sus primeros días en el piso, y tampoco he conocido a nadie que en tan pocas semanas lograra un cambio de actitud tan profundo que le llevara a creer en el  “si me lo dicen es porque me quieren ayudar” en vez del “me lo dicen porque me quieren fastidiar”. Cambió tanto, asimiló tantas herramientas con las que poder auto-convencerse de que en su mano estaba cómo vivir y qué hacer con su vida que cuando llegó su despedida, antes de dar el salto a comunidad, le dije que ver su evolución se había convertido en una de las razones que daba sentido a mi voluntariado.

A pesar de todo el trabajo y del cambio de actitud, el otro día  me enteré de que a Nico le habían expulsado a los pocos meses de entrar en Comunidad y de que le habían mandado, de la misma, a prisión.

Una pena.

Cuando te dan una noticia así, cuando te dicen que tal o cual chico ha vuelto a la cárcel, te toca buscar una razón para esa recaída y otra razón para continuar ayudando a gente que sabes que lo tiene muy difícil. Vamos, lo que a veces nos toca escuchar, el famoso “para qué les ayudas si a los pocos días volverán a la cárcel”

Yo siempre pienso lo mismo. En primer lugar, me repito y compruebo que hay gente que tras su paso por Bidesari no vuelve a consumir y tampoco vuelve a la cárcel y como segunda razón y casi principal, siempre pienso que durante esos días que estuvieron en Bidesari, estas personas no consumieron y pudieron disfrutar en libertad de tardes como la de aquel fin de semana en la que nos dimos un pequeño paseo al aire libre, “eso que se llevan”, pienso, “ese día ya no se lo quitará nadie”.

TOPALEKU

 

En marzo de 2011 empecé como voluntario de Bidesari y recuerdo que en la entrevista que hice antes de entrar, Roberto, responsable de voluntariado, me explicó los diferentes proyectos que Bidesari tenía: me habló del piso de acogida para gente recién salida de prisión, del piso de inmigración y del piso de reinserción y me explicó que el proceso se iniciaba en prisión sin llegar a cerrarse nunca del todo gracias a la existencia de un proyecto nacido como punto de encuentro llamado Topaleku.

Roberto, en esa entrevista, me describió Topaleku como una idea que cerraba o daba continuidad al proceso iniciado en la cárcel al crear un espacio en el que pudiera encontrarse gente que había vivido o estaba viviendo un proceso de reinserción con otras personas que podían ser del ámbito de Bidesari… o no serlo. Y yo pensé, “pues eso tiene que estar muy bien” y no me equivocaba porque desde las primeras veces que pude acercarme a ese espacio comprobé que Topaleku estaba o está muy bien.

Tengo varios recuerdos muy chulos. Las pelis de los martes antes de subir al piso de acogida y los comentarios a esas pelis durante la cena, un sábado por la tarde jugando al Trivial alrededor de una mesa, los espectáculos de Virginia Imaz y los monólogos de Javier Mañón y también recuerdo esa información de talleres a los que siempre pensé en apuntarme pero a los que al final nunca he podido ir…

El último momento que sé que va a quedar ahí, en mi memoria, es de este pasado viernes. Tocaba monólogo de Javier Mañon y ahí bajamos todos los chicos del piso de acogida y yo.  Una semana antes del día de la actuación, se suele comentar en el piso que el viernes hay que bajar a Topaleku y según se va acercando la fecha empiezan a recordarse momentos de actuaciones pasadas y las cenas acaban siendo muy animadas. Gracias a ese precalentamiento, nada más pasar la puerta de Topaleku ya estábamos todos con una sonrisa en la cara y pasados diez minutos, como siempre pasa, ninguno de nosotros podía parar de reír.

Sin embargo, a pesar de eso, a pesar de no poder parar de reírme, en un momento de descanso de Javier, pude echar un vistazo a las caras de alguno de los chicos del piso a los que tanto les cuesta sacar media sonrisa y pensé que conseguir sus carcajadas no tenía precio. Eso pensé, aunque todos sabemos que sí que lo tiene, por desgracia.

Y es que la crisis llega a todos lados y también ha llegado a Topaleku. Cuando faltan ingresos hay que recortar de algún sitio y como sucede en un hogar, en el que a la hora de decidir entre pagar el alquiler, la educación de los hijos o ir al cine…acaba perdiendo siempre el cine, en Bidesari también ha habido que hacer ese triste análisis y la conclusión ha sido que Topaleku debe cerrar.

Igual es un error eliminar esos pequeños momentos de diversión ahora que la crisis aprieta más que nunca y se ha agarrado a nosotros la tristeza y el pesimismo, pero es una decisión que por lo menos da cierto margen para poder llegar a fin de mes algo más desahogado. Triste, está claro, pero vivo al fin y al cabo.

Supongo que será difícil, pero espero que Topaleku vuelva, o que algún día me lo vuelva a encontrar con otra forma, o con otro nombre en cualquier organización o lugar, eso espero la verdad. De momento, habrá que disfrutar y aprovechar esos tres meses que todavía nos quedan y agradecer a Gaizko y a todos aquellos y aquellas que pasaron por Topaleku el haber conseguido juntarnos a tan variada gente con el propósito de hacer nuestra vida un poco más feliz.

Desde aquí, muchísimas gracias.

 

Carta de Topaleku

http://blogs.vidasolidaria.com/bidesari/2011/12/01/carta-de-topaleku/

Un poco de arte en la cocina.


La sensibilidad se encuentra donde menos te lo esperas. Esa es la conclusión que hace un par de semanas saqué después de ver unos dibujos y escuchar una canción en el piso de acogida.

Cuando llego al piso lo primero que hago es dejar mis cosas en el cuarto de los educadores que está justo a la entrada, después charlo un rato con la educadora a la que le toque estar esa tarde y casi seguido, entro en el pasillo del piso para buscar a los chicos en el salón o la cocina. El otro día, al no encontrar a ninguno de ellos en el salón, fui directo a la cocina donde me encontré con Fidel cocinando. Le saludé y como siempre que entro en cualquier lugar donde se está cocinando algo, me puse a husmear entre las cacerolas lo que tendríamos para cenar. Tras comprobar que otro martes tocaba sopa y tortilla a la francesa, me dí la vuelta y ahí, colgados en la pared junto al calendario de viejas fotografías de cine, me encontré con cuatro dibujos.

- A ver si adivinas quién ha dibujado cada uno – me dijo Fidel – es una tarea de Vero, nos ha pedido que expresemos cómo nos vemos o lo que deseamos a través de la pintura  – añadió levantando una ceja.

La verdad que a mí tampoco me quedaban muchas otras salidas además de la de aceptar el reto, así que decidí ponerme a ello para de un primer vistazo comprobar que los dibujos eran muy distintos entre sí.  “Como los chicos”, pensé.

En el primer dibujo destacaba la enorme cara de una niña sonriendo con un sol enorme a un lado y una casa de color verde en el otro, el segundo era un paisaje paradisíaco con la típica playa de arena blanca en primer plano, quedando al fondo, un velero sin rumbo fijo. “Este tiene que ser el cuadro del de Portu”, pensé. El tercero lo podría haber firmado el mismísimo Miró: toda la lámina la cubrían unos gruesos trazos de color fucsia  que formaban el tronco y las extremidades de una persona en cuyo interior se podían intuir otras pequeñas personas, quizá, jugando. Por último llegué al cuarto, donde me quedé un buen rato parado, medio sorprendido y en cierto modo atrapado por el contraste formado por una figura arrodillada de color negro agarrada a los barrotes de una celda desde la que se podía contemplar un paisaje lleno de color.

- Esto va a ser difícil – le dije a Fidel poniendo una sonrisa de circunstancias tratando de ganar tiempo.

- ¿Qué pasa Javi? – Iñaki acababa de hacer acto de presencia en la cocina. ‘Salvado por la campana ’, pensé.

- Aquí, adivinando quién ha pintado cada cuadro, este lo has pintado tú, ¿a qué sí? – le dije señalando el cuadro de la playa.

-Aupa ahí, txo, pero tampoco era muy difícil, ¿no? -me dijo riendo- el mar, la playa…ahora vengo, voy a poner un poco de música mientras me ducho antes de cenar.

-Todavía te quedan tres- me dijo Fidel riendo.

La verdad que no tenía ni idea de por dónde salir. Además, para hacerlo todavía más difícil,  Iñaki acababa de poner el “Solamente tú” de Pablo Alborán a todo volumen.  “¿Y esta canción?”, pensé, “pero si Iñaki era más de Metálica”

-Venga va, te voy a ayudar. Este lo he dibujado yo- me dijo como si acabara de leerme en el pensamiento que necesitaba ayuda- esa enorme cara sería la de mi hija, aunque no sé yo si me ha quedado muy lograda y la figura de color rosa la ha dibujado Mamadú; nos explicó que eran él y sus niños.

- Entonces el último es el de Manu- dije yo.

-Sí, es de Manu- me respondió dándose la vuelta para comprobar que no se había quemado nada mientras yo trataba de adivinar el autor de cada cuadro- nos dijo que así se veía él, muy arrepentido…ya sabes.

- ¿Y qué le dijo Vero? – le pregunté.

- Que eso está bien, que es bueno estar arrepentido y pedir perdón, pero que hay levantarse.

- Está claro- respondí  mientras me iba al salón para tratar de asimilar tanta información.

-¿Está claro el qué?- me gritó desde la cocina.

- Está claro que la sensibilidad está  donde menos te lo esperas.

 

Enlace al Solamente tú de  Pablo Alborán en la versión que escuché aquel día en el piso..

http://www.youtube.com/watch?v=A-_vOI0EJYg

 

La despedida de Marcos

 

Las despedidas a los chicos se encuentran entre los momentos más especiales que se dan en el piso de acogida. Después de tres o cuatro meses, ellos finalizan una de sus etapas y les llega el momento de empezar otra.

Hoy ha sido el día de la despedida de Marcos y como en cada despedida nos hemos juntado una buena parte de Bidesari  alrededor de una mesa en la que no faltaban sándwiches,  pinchos de huevo duro y como no, tortilla de patata hecha esta vez por Fidel, un chico que hace unos años pasó por la escuela de hostelería y que nos ha dejado sin palabras hasta que la hemos terminado.

Como siempre el ambiente ha sido muy bueno, muy alegre, parecido al que hay cuando se celebra un cumpleaños o una cena de amigos. Algunos voluntarios que no tenemos la oportunidad de vernos a menudo hemos aprovechado para ponernos al día, las educadoras que han podido venir, como siempre, han estado muy animadas y también atentas a todo, incluyendo al reparto del último trozo de tarta de chocolate (que también había) y por último, los chicos creo que, aunque alegres, se han sentido un poco abrumados con tanta gente, sobre todo los que llevan menos tiempo en el piso.

Marcos, el protagonista de la celebración, se ha sentado en la cabecera de la mesa y en ese lugar, presidiendo, le he visto orgulloso por haber superado cuatro meses de trabajo personal y convivencia con personas a las que no conocía de nada hace un tiempo y también algo contenido porque sí, porque todos los chicos que se despiden, a pesar de la alegría, sienten también cierto agobio pensando que van a tener que hablar delante de unas veinte personas.

Al final todos hablan y hablan muy bien, tanto que algunas veces emocionan a sus compañeros y también a nosotros. Hoy le ha tocado emocionarse al que hablaba, a Marcos. Ha dicho, “esto no son palabras vacías”, con esa voz suya tan ronca, y un “os voy a echar de menos” mirando a Seydou, a Manu, a Fidel y a Iñaki. Luego nos ha dado las gracias a todos y nos ha puesto una sonrisa enorme en la cara al sentir que esas emociones que Marcos estaba dejando escapar son una señal de que quiere seguir persiguiendo su objetivo, que no es muy diferente al que todos tenemos y que no es otro que estar bien.

Después ha habido fotos con educadores, chicos, voluntarias y voluntarios, apretones de manos y un “hasta mañana” a los que se quedaban en el piso. Sólo a los que se quedaban, porque a Marcos le he dicho un “nos vemos” y luego le he dado un abrazo.

Hoy es 25 de noviembre.

 

Hoy es día 25 de noviembre, día internacional contra la violencia hacia las mujeres. Hoy no toca escribir sobre mi experiencia en el piso de acogida de Bidesari, hoy toca escribir y pensar en esas mujeres que día a día sufren maltrato a manos de aquellos que un día las dijeron que las cuidarían y harían felices el resto de sus vidas…o ni siquiera eso.

En este blog, yo escribo sobre mis días de voluntariado en un piso de acogida. Escribo sobre las cosas que veo, que me divierten, dan esperanza o incluso me emocionan, y la verdad que me encanta.

Hoy he tratado de imaginar qué tendría que escribir, lo que me tocaría contar, si en vez de realizar mi voluntariado junto a personas que acaban de salir de la cárcel con ganas de empezar de cero, viviera mi experiencia, como espectador imaginario, en un piso donde se maltrata.

Durante el día tendría que ver la obsesión de una mujer por limpiar y recoger la casa en la que vive, tratando de que cada cosa quede dentro del orden que en teoría le gusta a quien vive con ella.

Al llegar la noche, acompañaría a esa mujer a la cocina para ver cómo hace la cena y después me sentaría a la mesa para compartir su silencio y esa tensión y deseo de haberlo hecho todo como a él le gusta porque no quiere tener que oír de nuevo, de aquel por el que en realidad ya no sabe lo que siente además de miedo, que es una inútil que no sabe hacer nada.

Muchos días, por la mañana, me acercaría con ella hasta el baño y podría ver cómo se mira en el espejo sin querer reconocer lo que ve, tratando de disimular con maquillaje un ojo morado o un labio roto. Después saldríamos juntos a la calle y comprobaría cómo ella baja la cabeza humillada y avergonzada al cruzarse con su vecino, deseando que no haya escuchado los golpes y gritos de la noche anterior.

Creo que sobre éstas y muchas otras experiencias que no aportarían a nadie ningún tipo de alegría o de esperanza me tocaría escribir…

La realidad es que no vivo ni he vivido nunca en un piso donde se maltrata, pero sí que vivo en una sociedad donde mujeres que trabajan y viven junto a nosotros sufren maltrato y violencia, donde cada día aparece en la televisión el cuerpo de una mujer tendido en una acera tapado con una manta, y eso no puede ser.

Tenemos que dejar de ser espectadores pasivos, porque imaginarios no somos, del maltrato y denunciar a quien maltrata y ayudar a quien es maltratado. Y tenemos que hacerlo ya. Solo así conseguiremos que a nadie le toque escribir algún día un terrible diario al que, por desgracia, podría poner como título “Días de maltrato”

 

Gracias a Juncal Plazaola por ayudarme con este post y por el video que me envió y que aquí os adjunto, merece la pena verlo.

http://www.youtube.com/watch?v=0y9zJ5J2bWA

 

 

Pa, Pe, Pi, Po, Pu.

Seydou es un chico de ojos amables, frente despejada y piel áspera, gruesa y negra que vive en el piso de acogida.

Seydou siempre te da la mano y habla sin apartar la mirada de tus ojos, y cuando le ves andar parece que sus pies pesaran tres veces más de lo que realmente pesan. Nació en Senegal hace algunos años, algunos más de los que tengo yo, y desde hace mucho tiempo vive en Bilbao. Ha estado casado y tiene varios hijos. No sabe leer ni escribir en su lengua y hablando en español se defiende, aunque si le haces una pregunta algo más elaborada, lo más probable es que te responda que sí, aunque en el fondo esté pensando que no, que no ha entendido nada.

A Seydou le encanta el deporte, y si por casualidad descubre que en la televisión están dando un partido de tenis, de baloncesto o incluso de pelota, puedes estar seguro de que no cambiará de canal. Entre todos los deportes, el que más le gusta, con el que más sufre y disfruta es con el fútbol y de entre todos los equipos, su preferido es el Barça. Ver un partido con él es de lo más divertido porque es un espectáculo ver cómo anima, y aunque trato de mantener cierta seriedad por si acaso se molesta, a veces no puedo ni estar atento a las mejores jugadas por culpa de esos pequeños gritos de ánimo que suelta: de repente grita, “¡eeeehhh Messi!”, o dice, “Xavi” o “Villa”, cortando al máximo las sílabas para después dar un aplauso con todas sus fuerzas. También dice, “el Barça es muy buen equipa”, moviendo la cabeza de arriba abajo y si el árbitro pita en contra del Barça, el insulto más grave que le podrá lanzar será un “bandido grande” acompañado por una especie de pedorreta que hace juntando fuertemente los labios.

Esta forma de animar al Barça, o el descubrir el brillo de sus ojos delante de un plato de arroz que se sale por los bordes, o comprobar lo pendiente que puede llegar a estar del ánimo de Iñaki o de Marcos, su amigo del alma, hace que no se pueda sentir otra cosa que no sea cariño por él, incluso cuando se enfada o se pone cabezón, momento en el que creo que a todos nos toca contar hasta diez.

Seydou, justo al terminar la cena de hoy, nos ha dicho que ha empezado a dar clases de castellano la semana pasada y que estaba muy contento. Yo le he preguntado qué es lo que había aprendido ese día y me ha respondido con la cabeza bien alta y riendo que ha aprendido a leer “la, le, li, lo, lu”, “ma, me, mi, mo, mu”, “pa, pe, pi, po, pu”. Al oír su respuesta yo me he reído con él y después de la cena, viendo cómo otra vez bromeaba con sus compañeros, he pensado que esa risa es su principal arma en la vida y he pensado que bueno…que ahora, con esos  “mamemimomús”, “lalelilolús” y  “papepipopús” recién aprendidos hoy, Seydou cuenta con un arma nueva.

 

 

 

 

 

 

 

La Ventana Abierta

Muchacha en la ventana, 1925. Eugenio Salvador Dalí.

 

Siempre que me ha tocado vivir un primer día en un nuevo trabajo o un primer día de curso hace años cuando era estudiante, siento que tengo que hacer un esfuerzo por agradar y otro esfuerzo mayor para que se vayan de mi cabeza un montón de dudas y temores que surgen al no saber con lo que me voy a encontrar.  Luego, pasado el tiempo, he comprobado que siempre ha quedado en mi memoria algún momento o una pequeña conversación de esos primeros días que me ayuda a recordar la primera vez que hablé con esa persona que acabaría siendo uno de mis mejores amigos o a aquel jefe que terminaría apoyándome siempre en los malos momentos.

Recuerdo que el primer día que fui al piso de Bidesari llegué con muchas ganas y también con muchos miedos. No conocía prácticamente nada del funcionamiento del piso y mucho menos sabía que una de las normas de convivencia, una de las primeras de la lista, es que toda la gente del piso debe tratarse con educación y respeto. Esta norma hizo que al ser recibido con sonrisas por cada una de las personas con las que me encontraba, se fueran marchando poco a poco todos mis temores. Susana, educadora de Bidesari, fue la encargada de darme la bienvenida ese primer día y también la persona que me presentó al primero de otros muchos chicos del piso que he acabado conociendo y para quien también y por pura casualidad, era su primer día.

- Mira Hassan, este es Javi, es voluntario y va a empezar a venir algunos días al piso- me presentó Susana.

Hassan, que estaba sentado en una silla junto a la mesa camilla del salón muy concentrado en la lectura del librito donde se explicaban las normas de convivencia del piso, nada más verme se levantó y con una sonrisa me estrechó la mano para después llevársela al pecho, repitiendo ese gesto que yo había visto hacer tantas veces en un viaje a Marruecos.

-Hola Hassan- le respondí intentando llevarme también la mano al pecho sin saber si hacía bien copiando su saludo.

- ¿Qué tal Hassan? – le preguntó Susana – ¿todo bien?

- Sí Susana, todo bien – la respondió.

- Voy a terminar de enseñarle el piso a Javi y luego estamos, ¿vale?

Después de que Hassan asintiera con la cabeza salimos del salón y Susana me llevó a la cocina donde nos encontramos con otros dos chicos que también me saludaron y que esta vez  me miraron con algo más de curiosidad que la que había mostrado Hassan. De ahí pasamos al patio donde estuvimos muy poco tiempo, ya que estábamos a primeros de marzo y todavía no había terminado de irse el frío, y para terminar el recorrido Susana me llevó a las habitaciones de los chicos. Al llegar a la última pudimos comprobar que la ventana, a pesar del frío, estaba abierta de par en par. Era la habitación de Hassan.

-¡Hassan!- le llamó Susana – te has dejado la ventana del cuarto abierta, ¿la cerramos?

Casi sin darnos tiempo a entrar en la habitación, Hassan estaba ya a nuestro lado mirando también hacia la ventana.

- No, no, prefiero así ¿vale?- respondió.

- ¿Seguro? – respondió Susana.

- Sí, sí, seguro- dijo Hassan esta vez más serio y algo temeroso, como pensando que su petición podría no ser admitida.

- Bueno vale, pero luego cuando te vayas a dormir la cierras, que a ver si te nos vas a poner enfermo el primer día.

- Vale- respondió Hassan con una gran sonrisa.

Después de esta pequeña conversación Hassan volvió al salón y Susana y yo nos fuimos a la entrada. Aquello había sido una primera toma de contacto y hasta el sábado yo no volvería al piso para hacer una salida.

- Bueno Susana, me voy ya- la dije mientras abría la puerta para salir del piso.

- Le he dejado que tenga la ventana abierta porque cuando llegan de la cárcel como que no les gustan los espacios cerrados – me explicó Susana antes de que me fuera – ¿lo entiendes, no? Es normal.

- Claro – la respondí – Es normal…nos vemos otro día ¿vale?

- Muy bien Javi, hasta otro día- me despidió- y gracias.

Detrás de mí se cerró la puerta y al rato, bajando las escaleras del edificio donde se encuentra el piso comencé a repasar cada momento, los nombres de los chicos que me acababan de presentar y mil detalles más sin saber entonces, que la ventana abierta en la habitación de Hassan sería el que acabaría recordando con más fuerza seis meses después.

elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.