Agua y seguridad alimentaria

El planeta Tierra tendrá que generar alimentos para 2.300 millones más de personas en 2050. También habrá que garantizar el abastecimiento de agua potable. Ahora somos ya 7.000 millones de personas y bebemos una media de entre dos y cuatro litros de agua diarios. Sin embargo, la mayor parte del consumo humano de agua está integrada en los alimentos; producir un kilo de carne de vacuno puede necesitar hasta 15.000 litros de agua y otros 1.500 litros cosechar un kilo de trigo.

A pesar de que el 22 de marzo conmemoramos el Día Mundial del Agua bajo el lema Agua y seguridad alimentaria, el problema no es una cuestión que se plantee para el futuro; ya hay mil millones de personas en el mundo que pasan hambre de manera crónica. El drama, si cabe, se agudiza cuando los afectados son niños y niñas por las tremendas consecuencias que las carencias alimenticias, de agua e higiene suponen incluso para la supervivencia.

La buena noticia es que el mundo ha cumplido con el Objetivo del Milenio para reducir a la mitad la proporción de personas sin agua potable. Entre 1990 y 2010, más de 2.000 millones de personas lograron acceso a fuentes mejoradas de agua potable, según los datos de UNICEF y la Organización Mundial de la Salud. En 2015 el 92% de la población mundial dispondrá  de agua apta para beber.

Para los niños y niñas se trata de una mejora sustancial para salvar sus vidas, pero aún mueren todos los días casi 4.000 por las enfermedades diarreicas. Más de un millón de niños y niñas no llega a cumplir los cinco años como consecuencia de la mortandad que provocan estas diarreas.

Además, la carencia de un suministro potable accesible tiene el agravante de que el transporte del agua recae de manera desproporcionada en las mujeres y niñas. Los niños y, en especial, las niñas a menudo faltan a las escuelas para acarrear agua; un trabajo que les requiere muchas horas. Por otra parte, muchas escuelas no disponen de instalaciones sanitarias para las niñas, de manera que esa falta de privacidad acaba motivando que terminen por abandonar las clases.

A pesar de los avances, son todavía 783 millones de personas –el 11% de la población mundial- quienes no tienen acceso todavía al agua potable. Y, además, aún miles de millones no disponen de saneamiento; solo poco más de la mitad de los habitantes del mundo –el 63%- tiene acceso a este servicio. Es otro Objetivo de Desarrollo del Milenio que aparentemente no se cumplirá en 2015, cuyo reto era que el 75% de la población dispusiera de saneamiento.

La globalización de las estadísticas también trae consigo que las grandes diferencias entre regiones y países queden ocultas en la cantidad ingente de cifras. En África subsahariana solo el 61% de los residentes tiene acceso a fuentes de agua mejoradas frente al 90% de América latina, Caribe, África del Norte y gran parte de Asia. Así, resulta que cerca de la mitad de las personas que no tienen acceso al agua potable en el mundo –el 40%- viven en África subsahariana. Asimismo, en un gran número de países los accesos al agua potable y al saneamiento han crecido entre la población que disfruta de mejores condiciones económicas, mientras que los pobres continúan quedándose atrás. En el entorno urbano es habitual que las personas con menos recursos económicos paguen hasta 50 veces más por un litro de agua que sus vecinos, que sí tienen acceso a la tubería general. En las zonas rurales de todo el mundo, 97 de cada 100 personas no disponen de suministro a través de tubos y el 14% bebe agua directamente de ríos, estanques y lagos.

Respecto a la contaminación del agua en los países desarrollados, gran parte de la culpa recae en el modelo de consumo y en cómo condiciona la producción: abundan los artículos fabricados para durar un tiempo muy limitado para que sean sustituidos por otros y así alimentar este consumo. Es un sistema que produce una gran contaminación del agua. Algunas voces ya reclaman a los países desarrollados que, además de racionalizar el modelo, destinen parte de las tarifas de la depuración de agua para financiar proyectos de suministro y depuración en lugares donde esos servicios no existen.

Tampoco deben eludir los países industrializados su responsabilidad en la cada vez más preocupante desertización del planeta. Es una consecuencia también del sistema productivo, que extrae los recursos naturales como si fueran inagotables y da prioridad a la rentabilidad económica del sistema por encima de la sostenibilidad.

Por otra parte, 1.100 millones de personas todavía practican la defecación al aire libre. En contra de lo que pudiera pensarse, esta situación se da también en regiones donde existen altos niveles de acceso a agua mejorada e incluso en países con economías de rápido crecimiento como India, China y Brasil.

Así, el desarrollo sostenible se convierte en una utopía a partir de la carencia de agua potable, saneamiento y de una buena higiene. La puesta en marcha de soluciones es urgente. Estamos obligados a hacer frente al crecimiento poblacional y a garantizar el acceso a una alimentación nutritiva para toda la humanidad.

Lo mejor de todo es que podemos colaborar en este objetivo con medidas fáciles de aplicar, pero efectivas y de efecto inmediato. Por ejemplo, consumiendo menos agua en los hogares y alimentándonos con productos que necesiten menos agua para su producción. Una dieta saludable también reduce el consumo de agua. El 30% de los alimentos que se producen en el mundo terminan en la basura sin que nadie los haya aprovechado y, consecuentemente, también se pierde de manera definitiva el agua empleada para generarlos. Está en nuestra mano, con pequeñas acciones muy concretas, hacer un uso adecuado del agua.

 

Carlos Epalza Solano

Presidente UNICEF- Comité País Vasco

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