El mes de las moscas

No hay cosa más molesta que intentar dormitar después de comer, a 37º C o 38º C, a una temperatura idónea para una siesta después de haber pasado lo peor del verano, y no poder conseguirlo porque unas 50 moscas se empeñan una y otra vez en introducirse por la nariz y los oídos.

Quien haya visitado los campamentos en octubre sabe de qué hablo. Y aunque todavía faltan unos días para que el mes 10 empiece, ellas ya están aquí. Hablo de las moscas.

Las hay a millones, sin exagerar. Es un ejército imbatible: aunque me dedicase todo el día a matarlas, aunque aplastase 5 cada minuto, cosa bastante factible, lo que haría un total de 300 a la hora, 4.800 al día (durmiendo 8 horas y dedicando las otras 16 a la repugnante cacería), apenas se notaría, porque es una nube negra y móvil que lo cubre todo, a lo largo de varios kilómetros. Están sobre el colchón, en las paredes, en los platos, los vasos, sobre las lentejas, en el ordenador, en el ratón, la ropa, la cara, los ojos. En estos momentos que escribo, las siento sobre las manos y los pies descalzos. Y ya no tengo fuerzas para espantarlas. Se pasean por mi cara, por mis labios, intentando acceder a la humedad de la boca, de la nariz.

Por alguna extraña razón biológica que sólo ellas conocen, de noche no vuelan, lo que representa un alivio para poder dormir. Pero con las primeras luces de la mañana, comienzan su frenética actividad en busca de no se sabe qué, y se lanzan sobre mi cara para despertarme y para que les prepare el desayuno a base de mis fluidos corporales.

Últimamente tienen movidas entre ellas. A veces dos de ellas se enzarzan en una loca pelea de zumbidos por una gota de sudor que se me ha caído sobre las gafas. Yo no hago favoritismos, pero sé que algunas están muy molestas porque piensan que siempre se benefician las mismas de la humedad de mi nariz. Para evitar suspicacias, abro la boca e intento dar cabida al máximo número de ellas, pero siempre son más las que se quedan fuera. Creo que en una de estas ocasiones, algunas han aprovechado para desovar en mi garganta, porque desde ayer noto extraños movimientos en mis intestinos, como si cientos de minúsculas larvas se estuviesen abriendo paso buscando una salida.

Confieso, más allá del pudor, que estoy escribiendo este último párrafo del mensaje agachado sobre la maloliente letrina. Los dolores del vientre son cada vez más fuertes e intensos, y las terribles punzadas me indican que los hambrientos gusanos han conseguido perforar el intestino y se vierten como un río por el interior de mi abdomen. Me voy. Me diluyo sin remedio hacia la fosa séptica convertido en mierda líquida. Veo ahora con clarividencia que las moscas me han utilizado para reproducirse por miles, para alimentar a sus millones de larvas que volverán a reinar durante otro octubre en este inmundo lugar. Pero yo quiero contarlo, para poder quizás evitarlo el año próximo, no por mí, que ya no estaré, sino por quien me sustituya, por lo que, antes de desaparecer por completo por el negro agujero, licuado para siempre en el mar de diarreas subterráneo, intentaré pulsar el botón de “send”.

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.