Los trastornos de “moda”, el TDAH.

Grafiti barrio de San Francisco, Bilbao.

 

Es curioso observar como en los últimos tiempos se comenta en todos los foros que ocupan los padres de nueva generación la existencia prácticamente común de síndromes, trastornos o patologías comunes a todos sus hijos o a los hijos de sus conocidos.

Cuando mi hijo tenía 14 años le fue diagnosticado el TDAH. Esto supuso un alivio para él y para toda la familia. De hecho nos habían anunciado en el colegio que habían decidido expulsarle porque ya no sabían qué hacer con él.

Llevábamos 4 años de peregrinaje de psicólogo en psicólogo. Todos nos decían que Nico era muy inteligente pero muy vago pero que era buena persona, amable, no era agresivo…que tenía virtudes que harían que pudiera “sobrevivir” sin dificultades. Pero Nico sufría por estar siempre castigado. No entendía que había que estar sentado 8 horas al día en el colegio y luego al llegar a casa tenía que volver a sentarse a hacer deberes. Y, sencillamente decidió rebelarse y decir “NO” a las órdenes que no entendía.

La luz volvió a casa después de visitar a un neurólogo infantil que después de hacerle un test de unas 100 preguntas resolvió sin dudarlo que sufría un TDAH, “de libro”. Le recetó “CONCERTA” (metilfenidato) en dosis progresivas de 18,36 y 54 mg.

El cambio fue sorprendente e inmediato. En el colegio nos preguntaron si habíamos cambiado al niño por otro porque no se parecía en nada al anterior. Nico estaba contento porque podía sentirse aceptado y era capaz de seguir el ritmo de la clase. Este año y los siguientes, hasta los 18, fue a curso por año y terminó el bachiller y la selectividad sin problemas.

Pero él decía que estaba harto de la medicación. De hecho, he sabido hace poco que ni siquiera se la tomaba cuando creíamos que lo hacía. Cuando a los 18 se fue a estudiar fuera de casa decidió no volver a tomarla. Nos preocupaba que la dejara de pronto pero la realidad era que llevaba tiempo sin tomarla por lo que no hubo problemas de adaptación.

Nico sentía que “no era él”, que le habían cambiado la personalidad y se negaba a tomar “drogas” que sospechaba no estaban los suficientemente probadas y de las que se desconocían sus efectos secundarios.

Hoy por hoy estudia una carrera que le motiva, ingeniería de sonido, que es cercana al mundo de la música que le apasiona.

A mí me asaltan muchas dudas pero entre otras está el pensar si realmente no se trata de un diagnóstico realizado de forma automática por un médico que ha hecho exactamente el mismo diagnóstico a otros 4 niños, hijos de amigos , que han ido a consultar casos parecidos, que les ha recetado lo mismo ,un medicamento carísimo ,con diferentes resultados en cuanto a efectividad en unos y otros. Y que además les-nos cobraba 170 euros por consulta más negros que el carbón.

También me pregunto hasta qué punto ha sido producto de la medicación o del desarrollo fisiológico de mi hijo el hecho de que haya mejorado en su capacidad de concentración.

Otra duda maliciosa surge ante la receta idéntica de idéntico producto, carísimo, por sistema. ¿Tendrán algo que ver los intereses y estrategias de las grandes farmacéuticas? ¿En qué se habrá visto beneficiado nuestro médico por recetarlas?

Por otro lado yo a veces pienso si no fui también una niña con TDAH no diagnosticado porque mi hijo ha sido calcado a mí de pequeña y , la verdad, mal que bien, he salido adelante en la vida sin la ayuda del “Concerta”. Me da que pensar que el 24% de los niños que consultan sobre el TDAH en Osakidetza vean confirmado ese diagnóstico y todos sean recetados de igual forma, con el mismo “carísimo” medicamento. Habida cuenta de que ni siquiera el especialista sabe decir qué efectos secundarios puede tener esta medicación y alega que es la única que existe para contrarrestar el trastorno y además, subliminalmente deja caer que el hecho de dejar este producto hace al niño más vulnerable o susceptible de consumir otras drogas, a mi me hace pensar en una especie de coacción y no puedo dejar de pensar que se ha utilizado a mi hijo como cobaya para enriquecimiento de los que tienen la sartén por el mango.

Así que ¿qué voy a decirle cuando me dice que a él le sienta mejor fumar marihuana, que le relaja? ¿Será que la consume porque ha dejado el Concerta? Creo que solo me queda advertirle de los riesgos del consumo de opiáceos y pedirle perdón por haberme agarrado a una solución que nunca me ofreció garantías pero si sirvió para que se estuviera un poco MAS QUIETO.

 

Begoña García Galarza, licenciada en comunicación y Máster en drogodependencias.

garciagalarza@gmail.com

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