Una segunda oportunidad para Robinson Crusoe.

 

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo serían muchas historias de esas que han formado parte de nuestra iniciación como lectores, y qué nuevas tramas y desenlaces resultarían si les concediéramos a sus protagonistas una segunda oportunidad? Esta idea me surgió con el personaje de Robinson Crusoe, mientras preparaba mi aportación al seminario sobre “La perspectiva relacional en la intervención social”, organizado recientemente por el Observatorio del Tercer Sector de Bizkaia.

Grafitti San Francisco, Bilbao.

Higinia Garay

La historia de Daniel Defoe, a pesar de sus más de doscientos años, me pareció la metáfora ideal para ayudarnos a pensar sobre nosotros mismos; sobre cómo nos desenvolvemos en los espacios que “ocupamos” o “habitamos” (que no es lo mismo) profesionalmente y, ante todo, sobre cómo miramos y cómo nos relacionamos con el otro, sobre qué nos puede estar pasando y, ante todo, sobre qué hacer con ello. Por eso quiero hacer en este artículo “re-cuento” de la historia de Robinson Crusoe y, al hilo de ella, compartir con vosotros algunas preguntas y reflexiones, para darle así a nuestro naufrago una segunda oportunidad y, de paso también, a nosotros mismos.

¿Preparados para iniciar la aventura? Después de múltiples avatares y de su naufragio, Robinson Crusoe llega a una isla remota y desierta. Es tal el asombro y la angustia que despierta en él lo desconocido y todo aquello que escapa a su control, que comienza a empalizar, a fijar límites y fronteras para sentirse seguro y confortable. Robinson Crusoe necesita nombrarlo y ordenarlo todo según sus esquemas prefijados para conquistar la nueva tierra que pisa. El naufrago no habita la isla, sólo la ocupa como un territorio de paso ajeno a él.

Pasados veintitantos años de su aislamiento absoluto en la isla, Robinson Crusoe salva a un aborigen de una isla cercana de morir a manos de una tribu caníbal. Le llama Viernes, por ser ese el día de la semana en que lo rescata, y lo convierte en su esclavo, obviando por completo lo que éste es, desea o necesita. Lo más triste es imaginar todo lo que el rescatador y el rescatado se perdieron, todo lo que hubieran podido llegar a ser y vivir, si aquel viernes en que Robinson Crusoe conoció a su compañero de isla le hubiera mirado a los ojos y, simplemente, le hubiera preguntado: “y tú, ¿quién eres?, cómo te llamas?”.

En la novela, “Viernes o los limbos del Pacífico”, Michel Tournier revisa magistralmente el mito de Robinson Crusoe, aportándole a éste una nueva y vibrante dimensión. Para ello, Tournier no duda en incorporar cambios en la cronología del texto original, en el enclave de la isla donde transcurre la historia y, ante todo, en el tratamiento y carácter de los personajes. Tournier adopta para guiar el relato el punto de vista de Viernes, convirtiéndolo así en el protagonista de la historia. Un día el amo, felizmente, descubrirá la necesidad de respetar y hacerle su hermano a quien hasta entonces era su esclavo.

En el desenlace de la historia de Defoe, después de veintiocho años de su naufragio, Robinson Crusoe consigue embarcarse de regreso por fin a Inglaterra, después de rescatar al capitán de un barco amotinado que con sus captores desembarcan en la isla. En la narración de Tournier, por el contrario, cuando le surge la oportunidad a Robinson Crusoe de retornar a su hogar decide, sin vacilar un instante, quedarse en la isla Speranza, una isla convertidaya por él en un territorio fecundo y repleto de oportunidades.

El final de este relato de aventuras me sirve para anudar a éste el inicio del nuestro, y al hacerlo se me ocurren una serie de preguntas que lanzo en una botella al mar abierto que ya es este artículo:

  • ¿Hemos renunciado los profesionales de la intervención social al descubrimiento y a nuestra capacidad creadora, a darle sentido y sensibilidad a lo que hacemos, obsesionados por un desmesurado afán de eficacia y control?
  • Ocupados y preocupados por lidiar con tantos trámites, protocolos, escalas objetivas de medición, cálculos, normativas, reglamentos, etc., etc., ¿no estaremos borrando de nuestro punto de mira algo tan nuclear como es la relación con el otro, sea ese otro las personas y familias que reclaman nuestra ayuda, o las redes sociales que pueden ser fuente de oportunidades vitales para éstas?, ¿damos a ese otro el papel protagonista que merece como autor del guión de su propia vida y para que él mismo se labre muchas segundas oportunidades?, ¿somos capaces de acoger todo lo que ese otro nos puede aportar y enseñar?
  • ¿Qué hacemos en medio de un escenario en el cual las políticas sociales, los contextos organizativos o los colectivos profesionales de los que formamos parte, con el tipo de relaciones que potencian, no siempre favorecen llevar a cabo una intervención social comprometida y transformadora?, ¿esperamos con una fogata encendida en la playa que alguien nos rescate, nos resignarnos a permanecer para siempre en nuestra “isla”, o construimos juntos y con nuestras propias manos un barco que nos lleve allá dónde queramos ir?

 

Es esperanzador pensar que el mismo ejercicio de reconstrucción de la historia realizado por Michel Tournier en su novela, lo podemos hacer nosotros, los profesionales de la intervención social, si cambiamos la mirada y nos comprometemos en reescribir los relatos de los que formamos parte, si reconocemos que nuestra función de ayuda, más allá de lo estrictamente técnico o instrumental, tiene una dimensión ética, creativa y emocional, en definitiva, si nos arriesgamos a ponernos en juego en primera persona. Sólo así conseguiremos poner veto a ciertas tendencias asistencialistas y tecnócratas que ansían encontrar en nuestros contextos de trabajo cotidiano una tierra propicia donde asentarse.

Soy plenamente consciente que, últimamente, los vientos en contra han arreciado y las circunstancias para desarrollar una práctica profesional de calidad y en sintonía con la perspectiva relacional es tarea harto difícil y compleja. Tenemos muchos límites y condicionamientos, es cierto, pero también tenemos más capacidad de influencia de la que imaginamos si aprovechamos al máximo nuestros márgenes de libertad, si somos capaces de observar autocríticamente nuestro trabajo, si debatimos y aprendemos juntos sobre él, si elevamos y negociamos propuestas bien construidas y fundamentadas, innovadoras y viables, orientadas a que el trabajo con las personas y con los contextos comunitarios vuelvan a ser la esencia irrenunciable de nuestra práctica profesional.

Acaso lo que necesitamos es autoconvencernos de que queda mucho por hacer y que todo es posible todavía, que podemos diseñar el futuro que queramos, que todavía estamos a tiempo, que no somos meros espectadores o víctimas de lo que pueda estar sucediendo, sino protagonistas y responsables. Si somos capaces de imaginar algo mejor y diferente, ¿porqué no podemos construirlo?, ¿qué es realmente lo que nos lo impide?, ¿porqué no darnos una segunda oportunidad? Quizás si lo intentamos, si conseguimos zarpar, al volver la mirada, ya desde alta mar, podamos contemplar la silueta de lo que ayer fue una isla y hoy, por fin, es un océano azul e infinito al que sólo se llega con las velas bien desplegadas del deseo, la imaginación y el tesón. ¡Buena y larga travesía!

Silvia Navarro Pedreño

Facilitadora en procesos de innovación y aprendizaje organizacional

silvia.na@telefonica.net

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