Conocer para no juzgar

Con el lema ‘VIH-SIDA: Conocer antes de juzgar’, el mundo recuerda hoy, como cada 1 de diciembre, que la pandemia y su riesgo persisten, aunque ya no constituyen la terrible amenaza de antaño. Curiosamente, el avance médico no parece corresponderse con el progreso ético. Que las organizaciones convocantes de esta celebración aún demanden mayor sensibilidad hacia los afectados evidencia, todavía hoy, la falta de sensibilidad de buena parte de la opinión pública.

Las cifras son contundentes. Uno de cada tres españoles no estudiaría o trabajaría junto a enfermos de sida, según un informe del Ministerio de Sanidad que, posiblemente, esconde un mayor porcentaje de reticentes. La existencia indudable de respuestas políticamente correctas, pero falsas, seguramente impide acceder a una tasa más elevada de individuos que prefieren relegar a las víctimas del sida a números y estadísticas.

Poner cara a los afectados y asignarles una vida corriente como la nuestra puede resultar una tarea tan complicada como compartir pupitre y oficina. Siempre es más sencillo relegarlos a frías estadísticas y espacios periféricos, tal vez relacionados con la promiscuidad sexual, el ambiente gay y la drogadicción, prácticas que aún provocan rechazo o son consideradas marginales. De alguna manera, persiste en el pensamiento común esa relación entre SIDA y colectivos sociales minoritarios, incluso rechazados, que ha generado y mantiene el estigma. En suma, otra falacia más porque el SIDA llega a todos los ámbitos, una constancia ya ampliamente demostrada.

Los enfermos del sida son sujetos de derechos y deberes, pero la legislación no cambia mentalidades de la noche a la mañana. Cambiar nuestra percepción exige un talante diferente e informarse para superar recelos. Resulta tan sencillo como rastrear por internet en las entidades que luchan contra el mal o leer ese panfleto que alguna mano nos tenderá a lo largo del día de hoy. Posiblemente, entonces, el lema de Día Mundial de la Lucha contra el SIDA demostrará su flagrante error. Cuando conocemos, no juzgamos y compartimos espacio y horario lectivo y laboral sin recelos con personas con nombres, apellidos y problemas, como todos nosotros.

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